La visita, de Julia Navas

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Uno de los primeros relatos tras mi vuelta a la escritura. Rescatado, casi perdido. Imperfecto, vacilante, pero los primeros pasos, siempre lo son.

 

 

Y Latina

Protégete del hombre blanco. Dicen que el olor de nuestra piel es fuerte y penetrante; que olemos a bestia, a bosque húmedo, a pecado… Ellos huelen a inmundicia y a orines; sus barbas grasientas tapan esos rostros febriles y hambrientos de deseo por nuestras hembras. Un blanco desnudo es una de las peores visiones que han sufrido mis ojos: cueros macilentos y peludos de distintas y ridículas palideces. No sabría qué decir del cuerpo de una mujer blanca. La primera vez que se me mostró, sufrí uno de los ataques de pánico más intensos que haya tenido nunca; mayor, incluso, que cuando al pobre Malela le fue cortada la mano de un hachazo por el amo, sólo por haber robado unos mendrugos de pan destinados a dar de comer a las bestias. Si un negro osaba mirar a una blanca, nadie lo libraría de recibir unos buenos latigazos. Y…

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Cuentos

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Me he inventado un cuento
donde hay personajes
que ocupan el lugar deseado.

No quiero oír hablar rmás
de ese dichoso cuento aprendido
desde tiempos pasados:
Romeo le cuenta su vida,
sus anhelos y necesidades
Y ella,  la imbécil julieta

maternal y solicita,
se cree imprescindible y eterna
Siempre el mismo cuento:
prehistórico, medieval.
contemporáneo, futuro…
Ellos cazan, tú, recolectas.
Siembras, creas, sueñas.

Trenes

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Desde la estación,
a la intemperie,
mirando el compás
del movimiento de tus pies:
mecánico, independiente
de lo errático que bulle
en tus pensamientos.
Ninguno de esos trenes es el tuyo
y aún esperas una señal
que te indique
cuál es el viaje a iniciar,
dónde detenerte
y qué nuevo hogar te acogerá.

O quizá, quién sabe,

acabes formando parte

del mobiliario ,

momificado, hierático.

Descanso de palomas

y  compañía silenciosa

del viajero fugaz

 

Y Tú

silla

Abres los ojos al mundo
y adivinas un horizonte inmenso,
un pastel completo
listo para ser devorado.
Y tú
hambrienta, te relames.
Y tú
valiente, planeas conquistar
el Universo.
Pero el espacio está invadido
de selva, mosquitos y culebras.
Y el pastel tiene mordidas
todas las esquinas.
No hay rincón que lleve tu nombre.
No hay certezas salvadoras.
No hay un “te doy” sin un “dame”.
Y tú
bordeas cada señal surcada de dientes,
cada silla ocupada
para encontrar tu sitio sin molestar.
Y desde allí, conquistar el terreno
de lo perverso
para pintarlo de blanco
desde tus actos, tu sonrisa
y tus palabras.

Bessie Smith, la emperatriz del blues

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Para vosotros, que me negasteis el auxilio, solo quedará el olvido. Tuvisteis en vuestras manos blancas el poder de decidir entre mi vida y mi muerte. Yo os aseguro que aún tenía mucho que decir a través de mi garganta, ese juguete amado que modulaba a mi antojo, sin esfuerzo, mientras mi voz susurraba “con una dicción perfecta y una afinación extraordinaria”. Palabras de expertos que me encumbraron como la Emperatriz del blues.
Yo era una negrita más de Chattanooga nacida en tiempos de libertad engañosa, sin grilletes, pero sin capacidad de elección. La segregación racial siguió a la esclavitud y muchos abandonaron las plantaciones hacia las ciudades del Norte. Pero los paraísos que nos aguardaban tenían un nombre: guettos. El blues de los negros es el canto de la supervivencia; nacemos con la obligación de defender la legitimidad de algo dado a través de nuestros padres: el roce de sus pieles negras dieron lugar al color chocolate de las nuestras; cada palmo de tierra lo hemos conseguido con el sudor multiplicado por cien, brotando el quejido más hermoso que nadie hubiera podido imaginar. Hasta los blancos cayeron rendidos ante el blues.
Me quedé sin padre y sin madre. Mi tía tuvo que encargarse de mí y de los hermanos que lograron sobrevivir. Demasiadas bocas para alimentar, así que, acompañada por mi hermano favorito a la guitarra, debutamos en las calles con un repertorio variado. No nos fue nada mal: me contrataron para un pequeño espectáculo que me llevó a otro de más categoría: la compañía de Moisés Stokes, donde cantaba alguien que me enseñó mucho en la vida: Ma Rayne, la mamá del blues y también, mi madre artística. Ella le dio a este ritmo el escenario para desplegar todo el repertorio que se perdía sin remisión en los campos y en las tabernas de mala muerte. Nadie en el mundo ha podido gritar como ella “¡Hey Boweevill!“. Toda una profesional con fama de astuta. ¿Quién se hubiera atrevido a poner en duda su autoridad, con esa presencia gigantesca y rotunda? Me curtí como cantante de vodevil y fui a Filadelfia con una maleta llena de vestidos bonitos e ilusiones. Conocí a el que se convertiría en mi marido,Jack, el mismo año que un representante de Columbia Records me consiguió un contrato gracias a la influencia de uno de los mejores pianistas que he conocido: Clarence Williams. “Blues Downhearted” me encumbró a la fama y conseguí vender más de ochocientas mil copias.
Tuve a mi disposición a los mejores músicos. Varias veces se cruzó en mi camino el bueno de Louis, que pasó de no saber leer una partitura de música a ser un trompetista de los grandes. Charlie Green me arropó con su trombón, Chu Berry asombraba con su saxofón. Mi voz no estuvo desnuda: la arroparon los más grandes. Mis bolsillos estaban llenos de dólares, pero yo me sentía sola sin mi botella de Whisky y un buen hombre o alguna mujer que calentara mi lecho. Jack ya no estaba a mi lado y me servía cualquiera que no tuviera una mala palabra ni un reproche ante mis desmedidas ganas de sexo
Esos fueron los tiempos que me coronaron como la inefable Emperatriz del Blues y procuré, por los míos, llevar el título lo más alto que me dejaron porque todavía muchas puertas se me cerraban. Tuve que contener mi rabia y ocupar mi sitio de negra. Para mitigar tantas vejaciones compré un vagón de ferrocarril para mí y para mis músicos, donde viajábamos y dormíamos en las estaciones mientras esperábamos para reengancharnos listos a otro destino.
Cuando estás muy arriba sabes que no te puedes quedar eternamente allí; si no te vas tú, te echarán a patadas. La patada que vapuleó mi trasero hacia el abismo me la dio la Gran Depresión: arrastró a medio mundo y yo no iba a ser la que me librara por mucha emperatriz que fuese. Los contratos cesaron y tuvimos que bajar nuestro caché y conformarnos con tocar en tugurios de mala muerte, donde solo había borrachos a los que mi voz les importaba un bledo. Mi fama de borracha y buscadora de sexo me precedió por encima de mis éxitos y los clientes solo me pedían temas de letras ardientes. 1933 fue el año de la resurrección. El productor John Hammond me rescató y me ofreció la oportunidad de grabar con una banda donde estaba Benny Goodman. Para recuperar mi estrella no me importó dejarme llevar por las veleidades de un nuevo ritmo: el swing. La gente había sufrido y quería vitalidad y alegría. Y yo podía dárselas. Como el tren que arranca perezoso pero movido por el empeño de la locomotora, la música tiró y tiró de mí; todo se encauzó discurriendo por los raíles de la vida, cada vez con más ritmo, con menos cuestas y paradas…Pero mi destino no era reinar hasta que la vejez me arrancara de los escenarios y contra eso, ni aunque mi piel se hubiera vuelto blanca, habría podido luchar.
Lo recuerdo como si hubiese sido ayer; todavía siento el dolor fantasma de mi brazo y mis costillas rotas. Fue una buena noche, con un público entregado. Habíamos bebido demasiado, como siempre, pero Richard estaba acostumbrado a conducir en aquellas condiciones. La carretera era una ruta de curvas, mal iluminada y a él le gustaba pisar a fondo el acelerador. Yo me iba tambaleando de un lado a otro cayendo sobre su regazo entre arrumacos y risas. De repente, un estallido ensordecedor, una fuerza que me zarandeó como a un pelele. Sentí el calor de la sangre y su sabor herrumbroso en mi boca. Oí voces pidiendo auxilio. Perdí mi consciencia y ya no pude recuperarla hasta que divisé la tumba anónima que acogería mis maltrechos huesos. No sé si fallecí en el acto, o poco a poco desangrada, vagando de hospital en hospital, esperando la clemencia de los blancos. Unos y otros contaron la historia en su beneficio e interés. No me importa que me utilizaran si eso ayudó a suavizar el desprecio hacia los míos. Yo me fui para quedarme y ni la tristeza de una tumba sin nombre hizo que el olvido se cebara conmigo. Ya no importaba el color de la piel, solo los oídos que captaban lo que mi música quería decir. Me enterneció aquella chica blanca que buscaba la negritud desesperadamente; que se vio rebasada por el torrente incontenido de su fuerza y de la soledad de los que nunca estamos satisfechos. Ella lideró una campaña para que mi tumba luciera mi nombre; Janis Joplin, creo que se llamaba…
Y aquí sigo: en el cielo, en el infierno, en los surcos de los discos o en las ondas de la radio; con mis compañeras y compañeros de fatiga: Billie Holyday, Big Mama Thornton, Etta James, Muddy Waters, Slim Harpo, el bueno de Johnny Copeland… Yo les llevo ventaja en esta especie de limbo, resignada…,porque, gracias a vosotros, los tocados por la gracia del Blues, seguimos vivos.

Ciudad

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Ciudad

Frente a un paisaje ya conocido,
nuevas emociones,
pasos, miradas.
Todo pertenece a esta ciudad,
tanto lo acaecido
como lo que renueva
su  pálpito;
de las piedras que conforman
nuestro suelo,
cobijo,
muros,
paredes.
Piedra erosionada,
herida por agentes externos
como los que nos hieren
a ti y a mí.
¿No son ,acaso, agentes externos
la lluvia que aborta un paseo
obligándonos a refugiarnos
en un estrecho portal?
Imposible zafarse de un beso.
Ese esperado beso que se precipitó
como la lluvia.
Esa pared de granito
que soportó el embiste
de nuestros cuerpos.
Esa ciudad que apenas ha cambiado
en los barrios del casco viejo.
Ese cielo y ese aire
cargado de polución,
pero cielo al fin y al cabo.

Foto de Paco Alonso Corral