Cuéntame un cuento. Relato ganador de la II Edición del Concurso de Relatos contra la Violencia Machista. Terrassa

Cuéntame un cuento…

Sé que soy fuerte; granítica e indestructible. Sé que soy vulnerable; me asomo al universo y su belleza me hiere. Quiero volar sola pero me molestan las miradas. Desearía ser invisible y visitar los imperios forjados por los hombres: de una simplicidad aplastante, pero necesarios para diluir las monarquías femeninas densas y profundas como océanos de mercurio.
Quiero más. No quiero ser mujer; ni hombre…Quiero ser Libre.
Se sentó a los pies de su cama. Sintió unos deseos irrefrenables de acariciar su cara, su pelo desparramado por la almohada… Pero se reprimió. No quería arrancarla de su sueño; de su descanso plácido delatado en su rostro a través de un amago de sonrisa. Juntó sus manos en una inconsciente plegaria. Deseaba, rogaba que aquella sonrisa fácil nunca desapareciera convertida en una mueca de amargura y dolor, tal y como le había sucedido a ella; que nada ni—sobre todo—nadie, sometiera a esa personita que había traído al mundo pero que solo se pertenecía a sí misma o al dichoso destino. Daría lo que fuese por construir alrededor de Alicia una muralla inexpugnable a todo cazador. Sabía por su propia experiencia que como madre no podría protegerla siempre; que los consejos, las advertencias y todas las armas que le pudiera suministrar para defenderse serían inútiles ante un amor ciego, una relación en la que se entra con todas las esperanzas y la confianza hacia esa persona que se muestra como quiere ser vista. Pero no como es…
Así era yo: feliz, inocente… Ajena al sentimiento de posesión más allá del hecho de poseer todas las ilusiones inimaginables; entre ellas, enamorarme, mucho y a menudo, desde que tengo uso de razón. Era una romántica empedernida. Porque nunca podría haber imaginado que entre alguno de esos imberbes de pantalón corto, cabía la posibilidad de esconderse un futuro sádico, un diablo. Quizás un hombre seductor, de voz susurrante y gestos de caballero; no un trabajador en la sombra de la hipocresía y el engaño. “Pero…”—frase a posteriori, pronunciada demasiado tarde, cuando la máscara se cae de tanto usarla—“si parecía un chico muy educado y simpático…”
Sí, apareció un hidalgo a caballo arrasando al trote con total inquina y destreza todos los castillos construidos en los sueños de mi niñez. Y él me haría descubrir más tarde que el príncipe que se llevó a Cenicienta poniéndola a salvo de unas hermanastras envidiosas quizás acabó dándole peor vida. Y quizás La Bella Durmiente desearía no haber despertado si descubriera que aquel aguerrido cortador de espinos que se enfrentó sin pestañear a un temible dragón para llegar hasta ella y arrancarla de la siesta más aburrida, era un botarate que solo pensaba en tirarse a todas las doncellas de los alrededores y más allá.
Cuentos. Cuentos chinos que nos llenan la cabeza de pájaros. Que relatan el principio de la historia: el cortejo, donde todos mostramos lo mejor de nosotros, de ellos y ellas. También soy consciente de que a veces nosotras somos los verdugos. Pero ahora sé que el final es el principio. El “fin”, el “the end”, da comienzo a una vida de rutina y frustraciones compartidas llevadas, unas veces con estoicismo, otras amasando resentimiento a base de echar la culpa al otro. O… ¡fastidiar por puro sadismo! Ahora le diría a mi madre si pudiese volver a mi infancia o a mi pretendiente adulador:” ¡no me cuentes cuentos!”
“Mami, cuéntame un cuento…”. Y yo, ¡qué le iba a decir! Cómo demoler la ilusión de una niña; mostrarle la fealdad de las cosas, llenarla de ese resentimiento y ponerla a la defensiva cada vez que alguien se intentara acercar a ella. No tenía derecho a afear el mundo desde su niñez. Ella misma lo descubriría en sus propias carnes o en carnes ajenas. Y las historias se repetirían, una y otra vez..
Cómo me gustó aquel chico. La primera vez que lo vi fue atravesando la barra del bar donde acudíamos mis amigas y yo como fieles parroquianas a la iglesia. Hacíamos novillos para escuchar música. Nos sabíamos rebeldes y nos creíamos inexpugnables. Pura soberbia de adolescencia… Además de la cerveza, nos bebíamos la vida a grandes sorbos. Ahora me doy cuenta que, todas juntas debíamos de intimidar a los chicos que nos rondaban. Nos protegíamos unas a otras como poderosas guerreras de una tribu y hasta que no aparecí sola por allí, él no se atrevió a acercarse.
Hacer novillos en solitario fue una decisión premeditada. Me moría por conocerle y sabía que sus miradas solo se concentraban en mí. Pero debía librarme de ellas para darle una oportunidad al cazador. Mis amigas estaban al tanto de esa atracción y comenzaron a vigilar todos sus movimientos en cuanto traspasaba la puerta con sus brazos en jarra sujetando el casco de la moto y se situaba en la esquina de la barra No nos quitaba ojo desde su atalaya en el taburete. Fumaba un cigarrillo tras otro y se llevaba a la boca la pajita del cubata con parsimonia—de aquella no conocía esta palabra y yo lo llamaba chulería—.Recuerdo aquel día como si fuera hoy.
En la vida hay momentos cruciales, de esos que se visten de rojo como los domingos y festivos en el calendario, solo que no se pueden arrancar hoja a hoja. Quedan en tu piel y en tu alma y te empujan hacia un camino que nunca quisiste tomar.
Fue un lunes. Lunes lluvioso y anodino. Estaba en época de exámenes y debería haberme ido directamente de las clases a casa a estudiar, pero sabía que no serviría de nada sentarme frente al escritorio porque mi mente estaba ocupada pensando en Mario. El día anterior mi amiga Rosa le preguntó al camarero su nombre y en mis pensamientos su imagen se reforzó con la rúbrica de aquellas letras: M-a-r-i-o. Tomé la determinación de dar un rodeo y acercarme al bar, sintiéndome mezquina al desear que no estuviesen mis amigas y que él apareciera por allí. Intuía que la presencia de mis compañeras era una barrera que impedía que se acercase a mí.
Y ocurrió. Como tantas veces lo había recreado en mi mente, al fin nos quedamos solos—sin mis intimidatorias amigas—. Mario se apeó de su metálica montura, de aquel taburete giratorio, y se acercó a mí, amable y seductor. Me envolvió con sus halagos y más tarde con sus besos. Se convirtió en el eje de mi vida y todo lo demás quedó difuminado.
Afortunadamente ya estaba en el último año de administrativo y conseguí terminarlo con mucho esfuerzo. Mario requería mi presencia a tiempo completo. Yo me sentía halagada por aquella necesidad imperiosa de tenerme a su lado y poco a poco me fui alejando de mi círculo de amigos. Primero posponiendo encuentros con cualquier disculpa, más tarde, cuando alguien se atrevió a advertirme que esa actitud acaparadora de mi chico no era sana ni normal, me dije a mí misma que tenían envidia del amor que Mario sentía por mí y que no merecía la pena conservar amistades “tan egoístas y cicateras”.
Tenía que haberme dado cuenta de dónde me metía. Las señales eran inequívocas, tan evidentes…. Pero me empeñé en disfrazar aquellos pensamientos retrógrados de hombre cavernícola y pensé que sus celos eran producto de un amor sincero y sin medida.
El día que me entregue a él, que hicimos el amor, lo que tenía que haber sido un reposo de sensaciones y acercamiento acabó siendo un interrogatorio en toda regla:“ Dime: ¿con cuántos hombres te has acostado?”. Sus ojos estaban vacíos de ternura. “Me hubiera gustado ser el primero…” —se lamentaba.
En cada encuentro íntimo veía esos reproches en sus ojos. No gozaba de lo que teníamos, perdido en esa absurda y estéril obsesión. Más tarde, empezaron las imposiciones: “¿No crees que esa falda que llevas te queda demasiado corta…? Se te ve todo.” Acabé sacando el largo de todas mis faldas y vestidos para ahorrarme así aquellos reproches. Peldaño a peldaño claudiqué de mí misma. Me disfracé de un ser extraño, triste y… gris. Permanecía en silencio cuando estábamos con sus amigos, temerosa de su mirada acusadora, de que pensase que estaba coqueteando o, lo que era peor: “provocando”.
Acabé convirtiéndome en una pequeña extremidad de Mario; ni siquiera una costilla, como nos enseñaron en el catecismo. Solo era un resquicio en forma de trofeo guardado a buen recaudo en una vitrina de cristales ahumados. Escondida y disfrutada solo por sus ojos. Mi único vínculo social era el contacto con mi familia y mi trabajo.
Con mis padres el alejamiento fue inevitable desde el día que nos casamos. A ellos nunca les gustó mi pareja. Era evidente que las llamadas de mis amigos se fueron espaciando y que mi mundo se vio reducido en torno a Mario y mi madre me preguntaba qué era de fulanita o menganita, a lo que yo respondía con evasivas poco convincentes. A él tampoco le agradaba mi familia. Nunca se esforzó por integrarse y cuando me iba a buscar a casa solía esperarme en el portal. Creo que sus celos se prolongaban también en mis lazos familiares y que solo me quería para él. Cuando anuncié que queríamos casarnos mis padres me rogaron que esperase un poco más, pero viendo que mi decisión era firme y que con apoyo o sin él iba a seguir con mi decisión, se limitaron a recordarme que ellos siempre estarían ahí, apoyándome como siempre lo habían hecho. Mis hermanas no ahorraron palabras para convencerme que aquel matrimonio me haría una pobre desgraciada y todo ello sacó la poca rebeldía que me quedaba y me refugié aún más bajo la sombra del que, contra viento y marea, se convirtió en mi marido.
La boda fue un desfile de caras largas, incluida la de mi flamante marido, que me lanzaba miradas de asesino cada vez que alguien me sacaba a bailar. Mis suegros estaban contentos de ver casado a su hijo. Lo habían tenido ya mayores y tenían miedo de no llegar a ver tan ansiada ceremonia.
Sólo gané una batalla a la guerra silenciosa de Mario. Al acabar mis estudios de administrativo y tras realizar unos meses de prácticas en una inmobiliaria, encontré trabajo en una correduría de seguros. Me gustaba mi trabajo y tenía muy claro que no quería pasarme la vida en casa, realizado siempre las mismas e ingratas tareas. Además, con el dinero que sacamos de nuestra boda y nuestros sueldos, nos pudimos permitir dejar el piso de alquiler en el que pasábamos la mayoría de nuestro tiempo y comprar uno en uno de esos barrios residenciales anodinos y aburridos, sin escaparates, ni bares bulliciosos ni parques abarrotados de niños.
A Mario le caían mal todos mis compañeros de trabajo. Peor los hombres que las mujeres. Al principio, algún día me quedaba a la salida de la oficina a tomar un café y charlar de otras cosas que no fueran asuntos laborales. Me llevaba bien con ellos y el ambiente era relajado y de camaradería. Y digo “al principio” porque aquello duró lo que tardó mi carcelero en enterarse.
Se lo oculté diciéndole que llegaba más tarde de lo habitual porque se había complicado la jornada y me había tenido que quedar. Siempre respondía lo mismo:
—Supongo que te pagarán el tiempo que me roban de tu presencia…
Afortunadamente Mario delegaba en mí en todo lo referente a los asuntos del banco. O eso creía yo… La desconfianza entre nosotros crecía a pasos agigantados: él por sus infundados celos y yo porque me sentía cada vez más controlada.
Aquellas inocentes escapadas llegaron a su fin. Es día lo recuerdo ahora con rabia, un sentimiento que primero fue de humillación y vergüenza. Charlábamos animadamente en la cafetería y yo estaba de espaldas a la puerta de la entrada. De repente vi a Soledad y Mateo levantar la mirada y antes de que me diera la vuelta para ver qué les había desviado de la conversación oí una voz conocida en todos sus matices de ironía e ira contenida.
—Hola, Mario—exclamó Mateo levantándose y ofreciéndole la mano.
Mi marido no se molestó en devolverle el saludo.
—Ahora entiendo por qué llegas a casa tan cansada: estas horas extras deben ser agotadoras.
Mi cuerpo se agarrotó. No me atreví a girarme; aquellos segundos que tardé en hacerlo me parecieron una eternidad. Y en medio del incómodo silencio y las miradas de mis compañeros, me sentí como una niña pequeña a punto de recibir una severa reprimenda. Derrotada y cabizbaja me levanté.
—Siéntate con nosotros, hoy es mi cumpleaños y estábamos celebrándolo aquí, de tertulia…—mintió Soledad.
Me puso el brazo sobre mis hombros y sentí su garra, sus uñas clavándose en mi piel a la vez que su sonrisa mostraba sus dientes blancos, apretados.
—Bueno—suspiró— sí ella quiere quedarse…
Mi cabeza se movió de un lado a otro y me dejé llevar como un pelele, sin voluntad ni voz para despedirme. Nos metimos en el coche y regresamos a casa en silencio, un silencio premonitorio de reproches y advertencias que pesaba como una losa.
Estaba cansada, el sudor que me invadió presa de los nervios, del miedo, se había agriado y me sentía incómoda y sucia. Me encaminé directa al cuarto de baño pero el volvió a asirme del brazo y me obligó a sentarme en el sofá.
—A ver…bonita. ¿No crees que me debes una explicación?—masculló sentándose a mi lado.
—Me gustaría darme una ducha. Yo…
—Tú me vas a contar qué hacías divirtiéndote con tus amiguitos mientras yo te creía trabajando.
—No me divertía, solo…
—Solo que es mejor engañar a tu marido y reírte de él a sus espaldas.
—No digas eso…
—¡Cómo has cambiado, Raquel. Antes te bastaba estar conmigo para ser feliz.
—Creo que no hago ningún mal haciendo un poco de vida social con mis compañeros de trabajo. Si no te he dicho nada es porque sé que a ti no te gustaría…
—¡Oh, sí!—lanzó una carcajada—¡Claro que me gusta! Me encanta ver cómo me pones en ridículo delante de esos memos engreídos. Me vuelve loco de alegría comprobar que te ríes más con ellos en un minuto que conmigo en todo el día…Pues ya sabes, si no te lo pasas bien en tu casita, coges la puerta y te largas.
Sonreí amargamente para mis adentros. Coger la puerta, sin más… Desaparecer y recuperar mi vida y mi alegría. Eso debería haber hecho; sin equipaje, sudorosa y sucia. Levantarme de aquel sofá y salir corriendo escaleras abajo sin ni siquiera detenerme a esperar al ascensor. Pero no, no tuve valor porque sentí que era difícil desandar tanto camino; porque creí que aún quedaba algo por salvar de nuestra relación; porque utilicé mal el poco orgullo que me quedaba y lo desvié y malgasté hacia personas que no me iban a pedir cuentas por haberme alejado de todo aquello que me hubiera regalado una vida más feliz o, por lo menos, más tranquila…
Se levantó y se marchó dando un portazo. Él no tenía que dar explicaciones a nadie de dónde iba o venía. No había renunciado a sus salidas nocturnas ni tampoco dejó de quedar con sus amigos todas las semanas para ver los partidos de fútbol. Cuando tocaba reunirse en nuestra casa yo tenía que limitarme a servirles y luego permanecer en mi cuarto o en la cocina, al principio enfadada, con ganas de echarlos a todos a patadas. Luego, resignada preguntándome si la situación sería la misma con sus mujeres…
Yo seguí sentada en el sofá. La tan deseada ducha ya no era mi prioridad. En ese momento sólo quería desaparecer, huir lejos de todo y de todos. Pero me limité a sonreír con amargura: ni siquiera era capaz de levantarme. Me recosté y me quedé dormida.
Me desperté sobresaltada. Un estruendoso ruido me arrancó de un sueño plácido en el que me hubiera gustado permanecer: corría por la playa con mis hermanas y nuestras risas se confundían con el rugir de las olas mientras mis padres nos llamaban para que fuésemos a por los bocadillos. Me levanté con el corazón desbocado y me asomé a la ventana. El camión de la basura estaba engullendo las bolsas de los contenedores a su hora acostumbrada: las dos de la madrugada. Me dirigí a la habitación sigilosamente. No quería despertar a mi marido. Deseaba con todas mis fuerzas volver a dormirme y continuar dando brincos sobre la arena mojada. Nuestra alcoba estaba vacía y la cama seguía tal y como la había dejado por la mañana. Me alegré de no verlo allí, me dio igual lo que estuviese haciendo y eso provocó una punzada de dolor dentro de mí. Pensé que mi amor se estaba petrificando, diluyéndose en un mar de desilusiones y resentimiento. Duele no sentirse amado pero también es doloroso dejar de amar. Vaciarse… Ahora si necesitaba una ducha. Me metí en la bañera y dejé que el chorro de agua caliente discurriese por toda mi piel relajándola, arrastrando el sudor agrio y molesto.
Me arrebujé en la cama y lancé un suspiro antes de darle al interruptor de la lamparilla. Me estaba entregando de nuevo a los brazos de Morfeo cuando el ruido de unas llaves introduciéndose en la cerradura me llenó de inquietud. Apreté los ojos con fuerza y me hice la dormida. Al poco sentí el “click” de su lamparilla y casi dejé de respirar. Oí el ruido de la ropa cayendo al suelo y sentí la cama hundirse bajo el cuerpo de mi marido. Entorné los ojos y vi que la luz seguía encendida. Emitió un gruñido y unos segundos después su aliento calentaba mi nuca. Apestaba a alcohol y a tabaco. Me cogió de la cintura y me giró bruscamente dejándome bocarriba. Yo seguía sin abrir los ojos, aferrada a las sábanas como si éstas fueran un muro defensivo, pétreo. Pero el muro se desmoronó cuando él tiró hacia abajo con furia del lienzo y mis ojos se abrieron como un resorte.
—No…—acerté a decir con un hilo de voz.
—Quizás preferirías que fuera uno de tus amiguitos el que quisiera jugar contigo.
Me miró con furia, desafiante mientras levantaba mi camisón hacia arriba y se ponía encima de mí.
—Por favor—le supliqué—. No quiero…
Instintivamente apreté las piernas y me abracé en un ingenuo intento de protegerme. Adiviné que no servirían de nada mis súplicas. No era un acto de amor, ni siquiera de desahogo, sino de posesión. Aquello fue un asalto para demostrar quién mandaba, un castigo por mi insurrección y mi inocente mentira. Yo no podía tomar la píldora porque me daba unos terribles dolores de cabeza así que usábamos preservativo para evitar quedarme embarazada. No abrió el cajón donde solíamos guardarlos. Sin dejar de mirarme con furia me abrió las piernas bruscamente y entró en mí llenándome de dolor, de humillación y de una desoladora tristeza.
Cuando por fin me dormí, mi pelo y la almohada estaban empapados de lágrimas y ya había amanecido. No oí a Mario levantarse y cuando desperté tardé en girarme para comprobar si seguía a mi lado. Ninguna respiración salvo la mía, así que, finalmente me incorporé. Estaba sola en mi habitación, en mi casa, en mi vida… Me levanté de la cama como una autómata y me metí en la bañera por segunda vez en pocas horas. El agua volvió a correr sobre mi piel mientras me frotaba con saña para arrancar esa suciedad invisible adherida hasta enrojercer, herirme. Y volví a llorar. Pero esta vez mi llanto no era silencioso, sino que irrumpió en gemidos sincopados acompañados de “noes” como si con ello lograra alejar de mí lo vivido esa noche.
A la mañana siguiente no acudí a la oficina. El sonido del teléfono me arrancó de aquel acto de constricción. Cogí la toalla y me envolví con ella corriendo para descolgarlo. Como había intuido, me llamaban desde el trabajo preocupados por mi ausencia. Era muy extraño que faltase y menos sin avisar. Me disculpé con lo primero que se me vino a la cabeza: una inoportuna gastroenteritis me había dejado postrada en la cama. Sé que María no me creyó, que mis compañeros le habrían contado la escena de ayer y que al no verme a primera hora aparecer por la puerta de la oficina se habían imaginado que aquello había tenido desagradables consecuencias. Me deseó una pronta mejoría y me dijo que no regresara hasta que estuviera bien.
Tarde una semana en volver a la normalidad, a mi rutina laboral. Mis compañeros me recibieron con una sonrisa tímida y no me hicieron preguntas. Creo que mi cara macilenta y la mirada huidiza lo decían todo. Mario y yo nos comportábamos como si no hubiese sucedido nada aunque yo le rehuía y le hablaba lo justo. Volvió a tocarme, a poseerme, pero esta vez tomando las medidas de siempre. Y yo… me limitaba a permanecer quieta, ausente y agradeciendo que a él no le importara estar “haciendo el amor” con una muerta.
Una falta. No me acababa de bajar el período y recé para que aquello fuese consecuencia del disgusto y de mi estado de ansiedad. Pasados los días se sumaron otras señales: los olores de la comida me daban asco y empecé a sufrir mareos, nauseas … Una mañana pedí una hora en el trabajo y me fui a mi médica para que me hiciera un test de embarazo. La respuesta me la dio con una sonrisa de oreja a oreja:
—¡Enhorabuena, Raquel! Estás embarazada.
Lo sabía, pero aquellas palabras retumbaron en mi cabeza como un mazo golpeando una pared. Siempre había deseado ser madre pero aquel ser venía en el peor momento y no podía dejar de pensar en aquel asalto de Mario, en aquella noche. Mi futuro hijo o hija era fruto de una violación. No le dije lo que me sucedía a nadie: ni a mi familia, ni a mi marido… No sabía si continuar con el embarazo, si podría aceptar un hijo que me recordara para siempre el momento más doloroso de mi vida. No me parecía justo: ni para la criatura, ni para mí.
Recuerdo aquel día como si todo hubiera sucedido ayer. Era sábado y ya habían transcurrido dos semanas desde la noticia. Mario tenía una cena de empresa y yo me esforcé por disimular lo contenta que me ponía saber que esa noche no permaneciera a mi lado. Hubiera deseado que todos los días tuviera desayunos, cenas y comidas de empresa. Me sorprendí a mí mi misma sonriendo. Se fue temprano y yo me puse cómoda con un pijama calentito de franela y una fuente de palomitas frente al televisor. Me sentí como una niña traviesa y miré a hurtadillas mi vientre. Me asaltó un cosquilleo y un sentimiento casi olvidado de felicidad. Disfruté viendo una película de espías donde el protagonista era mi adorado Paul Newman, pero en el intento de ver otra, me quedé dormida.
Deseé que hubiese sido una pesadilla. Pero la mano que ahogó mi grito era real; el cuerpo de mi marido con los pantalones bajados sobre mí, era real; su aliento invadiendo el mío hediendo a alcohol, era real. Muy real. Laceró mis entrañas con rabia, castigándome por mi indiferencia, disfrutando con mi miedo. Lo vi en su sonrisa de desdén ante mis suplicas moviendo la cabeza de un lado a otro. Negando con gestos lo que mi voz no podía gritar. Cuando acabó se incorporó y se quedó mirándome mientras se subía los pantalones. Echó una risotada que me heló la sangre y me dijo.
—Límpiate esas lagrimitas y no te hagas la víctima. En el fondo sé que te gusta…
No sentí odio, ni rabia… Solo un vacío, una profunda tristeza al comprobar que no había esperanza para aquella relación por la que había entregado todo: mi familia, mis amigos, mi libertad. Sacudí mi cabeza en un intento de desechar el deseo de acabar allí mismo con todo. No. Lo que me quedaba de vida iba a ser mía. Mía y de aquel ser que llevaba dentro y que no tenía culpa alguna de nuestros errores. Me levanté y vi que la habitación estaba a oscuras. Él roncaba plácidamente. Me lavé para que no quedase ni un resquicio suyo en mi cuerpo más allá de su lograda semilla. Cogí algo de ropa del cuarto de la plancha y la metí en una bolsa de deporte. Me subí al altillo del armario y bajé una caja de zapatos. Allí guardaba unos ahorros que me servirían para ir tirando unos meses. Eché un último vistazo al que un día fue un deseo, un proyecto de hogar y me fui con el mayor sigilo posible.
Ahora, con el tiempo sonrío al recordar mi valentía. Aquellas primeras horas del comienzo en la estación de autobuses, sin destino, sin rumbo fijo. Escogí una ciudad grande, anónima, sin referentes ni familia que dieran pistas sobre mi paradero. Lo bastante grande para desaparecer, lo bastante pequeña para que no me engullera. Llamé a mis padres y a mis hermanas para que no se preocupasen y les hice ver que no había tenido otra opción. También llamé al trabajo y hablé con mi jefe. Prometió ayudarme a encontrar un empleo utilizando sus contactos y me rogó que acudiese a él si necesitaba informes. Me pasó con Soledad, mi compañera, y entre lágrimas también me brindó todo su apoyo. Ya podía respirar tranquila, empezar desde cero.
Sé que Mario me buscó como un loco. Qué fue a casa de mis padres y éstos tuvieron que llamar a la policía. Que juraba y perjuraba que me encontraría porque yo era “suya y de nadie más”. Y que si me veía con otro hombre me mataría. .No me encontró. Me arrebató la posibilidad de criar a mi hija en un entorno familiar de abuelos, tíos y primos, aunque pasado un tiempo prudencial les facilité mi paradero y mis padres y hermanos estuvieron en el momento de nacer Alicia. De vez en cuando se trasladaban a nuestro refugio para vernos a mí y la pequeña, la dulce niña del País de las Oscuras Realidades. El desarraigo es la prolongación del maltrato cuando consigues escapar de las garras de tu enemigo. Cuando sabes que él nunca aceptará que tu vida siga sin su sombra alargada. Y yo no quería que mi hija se criase con alguien así. Quizás hubiese sido un buen padre… No me quedé para comprobarlo.
Alicia seguía dormida. Plácida, feliz. Recordé cuando me preguntó con el entrecejo fruncido, un gesto muy suyo cuando algo le inquietaba, dónde estaba su papá. Yo esperaba dese hacía tiempo ese momento y ya tenía una respuesta preparada: Él se había ido al cielo porque cruzó la carretera sin mirar. ¡Qué ironía! Aquella mentira sirvió para zanjar el asunto y también para que mi hija se detuviera siempre, sin rechistar al borde de la acera. “¿Y papá me quería?” Otra mentira: le aseguré que sí, que le gustaba tenerla en sus brazos cuando ella era un bebe. “Y… ¿Por qué no hay ninguna foto de mi papá? Más mentiras…
—Porque a tu padre no le gustaba salir fotografiado. Era muy presumido y decía que salía muy mal—solté sin atreverme a mirarla a los ojos—La abuela debe tener alguna de la boda, (yo me había deshecho de todas en las que aparecía su imagen). La próxima vez que venga le pediremos que las traiga.
Esta mañana el teléfono me despertó. Era mi madre. Con voz entrecortada me dio una noticia que me liberó de un gran peso en forma de mentira: Mario había muerto en un accidente de coche. Iba completamente borracho y el vehículo se había salido de la carretera dando varias vueltas de campana. Al parecer se quedó dormido y no hubo más víctimas. Suspiré hondo como si hubiera estado reteniendo el aire durante años. Su muerte no me produjo dolor alguno. Hacía tiempo que estaba muerto para mí aunque siguiera acechando en mis sueños convirtiéndolos en pesadillas.
Una voz suave me arrancó de mis pensamientos.
—¡Mamá!—exclamó ofreciéndome sus bracitos.
—Buenos días, dormilona—le respondí refugiándome en ellos—. ¿Qué tal si hoy desayunamos en la cama?
Ella aplaudió con entusiasmo la idea. Me incorporé, y cuando iba a desaparecer por la puerta su voz mimosa me suplicó:
—Y después…cuéntame un cuento.
—¡Claro, mi amor!—sonreí— ¿Cuál quieres que te cuente?
—¡Mi favorito! —su cara se iluminó— Alicia en el País de las Maravillas.

Julia Navas Moreno

Cuéntame un cuento…

Sé que soy fuerte; granítica e indestructible. Sé que soy vulnerable; me asomo al universo y su belleza me hiere. Quiero volar sola pero me molestan las miradas. Desearía ser invisible y visitar los imperios forjados por los hombres: de una simplicidad aplastante, pero necesarios para diluir las monarquías femeninas densas y profundas como océanos de mercurio.
Quiero más. No quiero ser mujer; ni hombre…Quiero ser Libre.
Se sentó a los pies de su cama. Sintió unos deseos irrefrenables de acariciar su cara, su pelo desparramado por la almohada… Pero se reprimió. No quería arrancarla de su sueño; de su descanso plácido delatado en su rostro a través de un amago de sonrisa. Juntó sus manos en una inconsciente plegaria. Deseaba, rogaba que aquella sonrisa fácil nunca desapareciera convertida en una mueca de amargura y dolor, tal y como le había sucedido a ella; que nada ni—sobre todo—nadie, sometiera a esa personita que había traído al mundo pero que solo se pertenecía a sí misma o al dichoso destino. Daría lo que fuese por construir alrededor de Alicia una muralla inexpugnable a todo cazador. Sabía por su propia experiencia que como madre no podría protegerla siempre; que los consejos, las advertencias y todas las armas que le pudiera suministrar para defenderse serían inútiles ante un amor ciego, una relación en la que se entra con todas las esperanzas y la confianza hacia esa persona que se muestra como quiere ser vista. Pero no como es…
Así era yo: feliz, inocente… Ajena al sentimiento de posesión más allá del hecho de poseer todas las ilusiones inimaginables; entre ellas, enamorarme, mucho y a menudo, desde que tengo uso de razón. Era una romántica empedernida. Porque nunca podría haber imaginado que entre alguno de esos imberbes de pantalón corto, cabía la posibilidad de esconderse un futuro sádico, un diablo. Quizás un hombre seductor, de voz susurrante y gestos de caballero; no un trabajador en la sombra de la hipocresía y el engaño. “Pero…”—frase a posteriori, pronunciada demasiado tarde, cuando la máscara se cae de tanto usarla—“si parecía un chico muy educado y simpático…”
Sí, apareció un hidalgo a caballo arrasando al trote con total inquina y destreza todos los castillos construidos en los sueños de mi niñez. Y él me haría descubrir más tarde que el príncipe que se llevó a Cenicienta poniéndola a salvo de unas hermanastras envidiosas quizás acabó dándole peor vida. Y quizás La Bella Durmiente desearía no haber despertado si descubriera que aquel aguerrido cortador de espinos que se enfrentó sin pestañear a un temible dragón para llegar hasta ella y arrancarla de la siesta más aburrida, era un botarate que solo pensaba en tirarse a todas las doncellas de los alrededores y más allá.
Cuentos. Cuentos chinos que nos llenan la cabeza de pájaros. Que relatan el principio de la historia: el cortejo, donde todos mostramos lo mejor de nosotros, de ellos y ellas. También soy consciente de que a veces nosotras somos los verdugos. Pero ahora sé que el final es el principio. El “fin”, el “the end”, da comienzo a una vida de rutina y frustraciones compartidas llevadas, unas veces con estoicismo, otras amasando resentimiento a base de echar la culpa al otro. O… ¡fastidiar por puro sadismo! Ahora le diría a mi madre si pudiese volver a mi infancia o a mi pretendiente adulador:” ¡no me cuentes cuentos!”
“Mami, cuéntame un cuento…”. Y yo, ¡qué le iba a decir! Cómo demoler la ilusión de una niña; mostrarle la fealdad de las cosas, llenarla de ese resentimiento y ponerla a la defensiva cada vez que alguien se intentara acercar a ella. No tenía derecho a afear el mundo desde su niñez. Ella misma lo descubriría en sus propias carnes o en carnes ajenas. Y las historias se repetirían, una y otra vez..
Cómo me gustó aquel chico. La primera vez que lo vi fue atravesando la barra del bar donde acudíamos mis amigas y yo como fieles parroquianas a la iglesia. Hacíamos novillos para escuchar música. Nos sabíamos rebeldes y nos creíamos inexpugnables. Pura soberbia de adolescencia… Además de la cerveza, nos bebíamos la vida a grandes sorbos. Ahora me doy cuenta que, todas juntas debíamos de intimidar a los chicos que nos rondaban. Nos protegíamos unas a otras como poderosas guerreras de una tribu y hasta que no aparecí sola por allí, él no se atrevió a acercarse.
Hacer novillos en solitario fue una decisión premeditada. Me moría por conocerle y sabía que sus miradas solo se concentraban en mí. Pero debía librarme de ellas para darle una oportunidad al cazador. Mis amigas estaban al tanto de esa atracción y comenzaron a vigilar todos sus movimientos en cuanto traspasaba la puerta con sus brazos en jarra sujetando el casco de la moto y se situaba en la esquina de la barra No nos quitaba ojo desde su atalaya en el taburete. Fumaba un cigarrillo tras otro y se llevaba a la boca la pajita del cubata con parsimonia—de aquella no conocía esta palabra y yo lo llamaba chulería—.Recuerdo aquel día como si fuera hoy.
En la vida hay momentos cruciales, de esos que se visten de rojo como los domingos y festivos en el calendario, solo que no se pueden arrancar hoja a hoja. Quedan en tu piel y en tu alma y te empujan hacia un camino que nunca quisiste tomar.
Fue un lunes. Lunes lluvioso y anodino. Estaba en época de exámenes y debería haberme ido directamente de las clases a casa a estudiar, pero sabía que no serviría de nada sentarme frente al escritorio porque mi mente estaba ocupada pensando en Mario. El día anterior mi amiga Rosa le preguntó al camarero su nombre y en mis pensamientos su imagen se reforzó con la rúbrica de aquellas letras: M-a-r-i-o. Tomé la determinación de dar un rodeo y acercarme al bar, sintiéndome mezquina al desear que no estuviesen mis amigas y que él apareciera por allí. Intuía que la presencia de mis compañeras era una barrera que impedía que se acercase a mí.
Y ocurrió. Como tantas veces lo había recreado en mi mente, al fin nos quedamos solos—sin mis intimidatorias amigas—. Mario se apeó de su metálica montura, de aquel taburete giratorio, y se acercó a mí, amable y seductor. Me envolvió con sus halagos y más tarde con sus besos. Se convirtió en el eje de mi vida y todo lo demás quedó difuminado.
Afortunadamente ya estaba en el último año de administrativo y conseguí terminarlo con mucho esfuerzo. Mario requería mi presencia a tiempo completo. Yo me sentía halagada por aquella necesidad imperiosa de tenerme a su lado y poco a poco me fui alejando de mi círculo de amigos. Primero posponiendo encuentros con cualquier disculpa, más tarde, cuando alguien se atrevió a advertirme que esa actitud acaparadora de mi chico no era sana ni normal, me dije a mí misma que tenían envidia del amor que Mario sentía por mí y que no merecía la pena conservar amistades “tan egoístas y cicateras”.
Tenía que haberme dado cuenta de dónde me metía. Las señales eran inequívocas, tan evidentes…. Pero me empeñé en disfrazar aquellos pensamientos retrógrados de hombre cavernícola y pensé que sus celos eran producto de un amor sincero y sin medida.
El día que me entregue a él, que hicimos el amor, lo que tenía que haber sido un reposo de sensaciones y acercamiento acabó siendo un interrogatorio en toda regla:“ Dime: ¿con cuántos hombres te has acostado?”. Sus ojos estaban vacíos de ternura. “Me hubiera gustado ser el primero…” —se lamentaba.
En cada encuentro íntimo veía esos reproches en sus ojos. No gozaba de lo que teníamos, perdido en esa absurda y estéril obsesión. Más tarde, empezaron las imposiciones: “¿No crees que esa falda que llevas te queda demasiado corta…? Se te ve todo.” Acabé sacando el largo de todas mis faldas y vestidos para ahorrarme así aquellos reproches. Peldaño a peldaño claudiqué de mí misma. Me disfracé de un ser extraño, triste y… gris. Permanecía en silencio cuando estábamos con sus amigos, temerosa de su mirada acusadora, de que pensase que estaba coqueteando o, lo que era peor: “provocando”.
Acabé convirtiéndome en una pequeña extremidad de Mario; ni siquiera una costilla, como nos enseñaron en el catecismo. Solo era un resquicio en forma de trofeo guardado a buen recaudo en una vitrina de cristales ahumados. Escondida y disfrutada solo por sus ojos. Mi único vínculo social era el contacto con mi familia y mi trabajo.
Con mis padres el alejamiento fue inevitable desde el día que nos casamos. A ellos nunca les gustó mi pareja. Era evidente que las llamadas de mis amigos se fueron espaciando y que mi mundo se vio reducido en torno a Mario y mi madre me preguntaba qué era de fulanita o menganita, a lo que yo respondía con evasivas poco convincentes. A él tampoco le agradaba mi familia. Nunca se esforzó por integrarse y cuando me iba a buscar a casa solía esperarme en el portal. Creo que sus celos se prolongaban también en mis lazos familiares y que solo me quería para él. Cuando anuncié que queríamos casarnos mis padres me rogaron que esperase un poco más, pero viendo que mi decisión era firme y que con apoyo o sin él iba a seguir con mi decisión, se limitaron a recordarme que ellos siempre estarían ahí, apoyándome como siempre lo habían hecho. Mis hermanas no ahorraron palabras para convencerme que aquel matrimonio me haría una pobre desgraciada y todo ello sacó la poca rebeldía que me quedaba y me refugié aún más bajo la sombra del que, contra viento y marea, se convirtió en mi marido.
La boda fue un desfile de caras largas, incluida la de mi flamante marido, que me lanzaba miradas de asesino cada vez que alguien me sacaba a bailar. Mis suegros estaban contentos de ver casado a su hijo. Lo habían tenido ya mayores y tenían miedo de no llegar a ver tan ansiada ceremonia.
Sólo gané una batalla a la guerra silenciosa de Mario. Al acabar mis estudios de administrativo y tras realizar unos meses de prácticas en una inmobiliaria, encontré trabajo en una correduría de seguros. Me gustaba mi trabajo y tenía muy claro que no quería pasarme la vida en casa, realizado siempre las mismas e ingratas tareas. Además, con el dinero que sacamos de nuestra boda y nuestros sueldos, nos pudimos permitir dejar el piso de alquiler en el que pasábamos la mayoría de nuestro tiempo y comprar uno en uno de esos barrios residenciales anodinos y aburridos, sin escaparates, ni bares bulliciosos ni parques abarrotados de niños.
A Mario le caían mal todos mis compañeros de trabajo. Peor los hombres que las mujeres. Al principio, algún día me quedaba a la salida de la oficina a tomar un café y charlar de otras cosas que no fueran asuntos laborales. Me llevaba bien con ellos y el ambiente era relajado y de camaradería. Y digo “al principio” porque aquello duró lo que tardó mi carcelero en enterarse.
Se lo oculté diciéndole que llegaba más tarde de lo habitual porque se había complicado la jornada y me había tenido que quedar. Siempre respondía lo mismo:
—Supongo que te pagarán el tiempo que me roban de tu presencia…
Afortunadamente Mario delegaba en mí en todo lo referente a los asuntos del banco. O eso creía yo… La desconfianza entre nosotros crecía a pasos agigantados: él por sus infundados celos y yo porque me sentía cada vez más controlada.
Aquellas inocentes escapadas llegaron a su fin. Es día lo recuerdo ahora con rabia, un sentimiento que primero fue de humillación y vergüenza. Charlábamos animadamente en la cafetería y yo estaba de espaldas a la puerta de la entrada. De repente vi a Soledad y Mateo levantar la mirada y antes de que me diera la vuelta para ver qué les había desviado de la conversación oí una voz conocida en todos sus matices de ironía e ira contenida.
—Hola, Mario—exclamó Mateo levantándose y ofreciéndole la mano.
Mi marido no se molestó en devolverle el saludo.
—Ahora entiendo por qué llegas a casa tan cansada: estas horas extras deben ser agotadoras.
Mi cuerpo se agarrotó. No me atreví a girarme; aquellos segundos que tardé en hacerlo me parecieron una eternidad. Y en medio del incómodo silencio y las miradas de mis compañeros, me sentí como una niña pequeña a punto de recibir una severa reprimenda. Derrotada y cabizbaja me levanté.
—Siéntate con nosotros, hoy es mi cumpleaños y estábamos celebrándolo aquí, de tertulia…—mintió Soledad.
Me puso el brazo sobre mis hombros y sentí su garra, sus uñas clavándose en mi piel a la vez que su sonrisa mostraba sus dientes blancos, apretados.
—Bueno—suspiró— sí ella quiere quedarse…
Mi cabeza se movió de un lado a otro y me dejé llevar como un pelele, sin voluntad ni voz para despedirme. Nos metimos en el coche y regresamos a casa en silencio, un silencio premonitorio de reproches y advertencias que pesaba como una losa.
Estaba cansada, el sudor que me invadió presa de los nervios, del miedo, se había agriado y me sentía incómoda y sucia. Me encaminé directa al cuarto de baño pero el volvió a asirme del brazo y me obligó a sentarme en el sofá.
—A ver…bonita. ¿No crees que me debes una explicación?—masculló sentándose a mi lado.
—Me gustaría darme una ducha. Yo…
—Tú me vas a contar qué hacías divirtiéndote con tus amiguitos mientras yo te creía trabajando.
—No me divertía, solo…
—Solo que es mejor engañar a tu marido y reírte de él a sus espaldas.
—No digas eso…
—¡Cómo has cambiado, Raquel. Antes te bastaba estar conmigo para ser feliz.
—Creo que no hago ningún mal haciendo un poco de vida social con mis compañeros de trabajo. Si no te he dicho nada es porque sé que a ti no te gustaría…
—¡Oh, sí!—lanzó una carcajada—¡Claro que me gusta! Me encanta ver cómo me pones en ridículo delante de esos memos engreídos. Me vuelve loco de alegría comprobar que te ríes más con ellos en un minuto que conmigo en todo el día…Pues ya sabes, si no te lo pasas bien en tu casita, coges la puerta y te largas.
Sonreí amargamente para mis adentros. Coger la puerta, sin más… Desaparecer y recuperar mi vida y mi alegría. Eso debería haber hecho; sin equipaje, sudorosa y sucia. Levantarme de aquel sofá y salir corriendo escaleras abajo sin ni siquiera detenerme a esperar al ascensor. Pero no, no tuve valor porque sentí que era difícil desandar tanto camino; porque creí que aún quedaba algo por salvar de nuestra relación; porque utilicé mal el poco orgullo que me quedaba y lo desvié y malgasté hacia personas que no me iban a pedir cuentas por haberme alejado de todo aquello que me hubiera regalado una vida más feliz o, por lo menos, más tranquila…
Se levantó y se marchó dando un portazo. Él no tenía que dar explicaciones a nadie de dónde iba o venía. No había renunciado a sus salidas nocturnas ni tampoco dejó de quedar con sus amigos todas las semanas para ver los partidos de fútbol. Cuando tocaba reunirse en nuestra casa yo tenía que limitarme a servirles y luego permanecer en mi cuarto o en la cocina, al principio enfadada, con ganas de echarlos a todos a patadas. Luego, resignada preguntándome si la situación sería la misma con sus mujeres…
Yo seguí sentada en el sofá. La tan deseada ducha ya no era mi prioridad. En ese momento sólo quería desaparecer, huir lejos de todo y de todos. Pero me limité a sonreír con amargura: ni siquiera era capaz de levantarme. Me recosté y me quedé dormida.
Me desperté sobresaltada. Un estruendoso ruido me arrancó de un sueño plácido en el que me hubiera gustado permanecer: corría por la playa con mis hermanas y nuestras risas se confundían con el rugir de las olas mientras mis padres nos llamaban para que fuésemos a por los bocadillos. Me levanté con el corazón desbocado y me asomé a la ventana. El camión de la basura estaba engullendo las bolsas de los contenedores a su hora acostumbrada: las dos de la madrugada. Me dirigí a la habitación sigilosamente. No quería despertar a mi marido. Deseaba con todas mis fuerzas volver a dormirme y continuar dando brincos sobre la arena mojada. Nuestra alcoba estaba vacía y la cama seguía tal y como la había dejado por la mañana. Me alegré de no verlo allí, me dio igual lo que estuviese haciendo y eso provocó una punzada de dolor dentro de mí. Pensé que mi amor se estaba petrificando, diluyéndose en un mar de desilusiones y resentimiento. Duele no sentirse amado pero también es doloroso dejar de amar. Vaciarse… Ahora si necesitaba una ducha. Me metí en la bañera y dejé que el chorro de agua caliente discurriese por toda mi piel relajándola, arrastrando el sudor agrio y molesto.
Me arrebujé en la cama y lancé un suspiro antes de darle al interruptor de la lamparilla. Me estaba entregando de nuevo a los brazos de Morfeo cuando el ruido de unas llaves introduciéndose en la cerradura me llenó de inquietud. Apreté los ojos con fuerza y me hice la dormida. Al poco sentí el “click” de su lamparilla y casi dejé de respirar. Oí el ruido de la ropa cayendo al suelo y sentí la cama hundirse bajo el cuerpo de mi marido. Entorné los ojos y vi que la luz seguía encendida. Emitió un gruñido y unos segundos después su aliento calentaba mi nuca. Apestaba a alcohol y a tabaco. Me cogió de la cintura y me giró bruscamente dejándome bocarriba. Yo seguía sin abrir los ojos, aferrada a las sábanas como si éstas fueran un muro defensivo, pétreo. Pero el muro se desmoronó cuando él tiró hacia abajo con furia del lienzo y mis ojos se abrieron como un resorte.
—No…—acerté a decir con un hilo de voz.
—Quizás preferirías que fuera uno de tus amiguitos el que quisiera jugar contigo.
Me miró con furia, desafiante mientras levantaba mi camisón hacia arriba y se ponía encima de mí.
—Por favor—le supliqué—. No quiero…
Instintivamente apreté las piernas y me abracé en un ingenuo intento de protegerme. Adiviné que no servirían de nada mis súplicas. No era un acto de amor, ni siquiera de desahogo, sino de posesión. Aquello fue un asalto para demostrar quién mandaba, un castigo por mi insurrección y mi inocente mentira. Yo no podía tomar la píldora porque me daba unos terribles dolores de cabeza así que usábamos preservativo para evitar quedarme embarazada. No abrió el cajón donde solíamos guardarlos. Sin dejar de mirarme con furia me abrió las piernas bruscamente y entró en mí llenándome de dolor, de humillación y de una desoladora tristeza.
Cuando por fin me dormí, mi pelo y la almohada estaban empapados de lágrimas y ya había amanecido. No oí a Mario levantarse y cuando desperté tardé en girarme para comprobar si seguía a mi lado. Ninguna respiración salvo la mía, así que, finalmente me incorporé. Estaba sola en mi habitación, en mi casa, en mi vida… Me levanté de la cama como una autómata y me metí en la bañera por segunda vez en pocas horas. El agua volvió a correr sobre mi piel mientras me frotaba con saña para arrancar esa suciedad invisible adherida hasta enrojercer, herirme. Y volví a llorar. Pero esta vez mi llanto no era silencioso, sino que irrumpió en gemidos sincopados acompañados de “noes” como si con ello lograra alejar de mí lo vivido esa noche.
A la mañana siguiente no acudí a la oficina. El sonido del teléfono me arrancó de aquel acto de constricción. Cogí la toalla y me envolví con ella corriendo para descolgarlo. Como había intuido, me llamaban desde el trabajo preocupados por mi ausencia. Era muy extraño que faltase y menos sin avisar. Me disculpé con lo primero que se me vino a la cabeza: una inoportuna gastroenteritis me había dejado postrada en la cama. Sé que María no me creyó, que mis compañeros le habrían contado la escena de ayer y que al no verme a primera hora aparecer por la puerta de la oficina se habían imaginado que aquello había tenido desagradables consecuencias. Me deseó una pronta mejoría y me dijo que no regresara hasta que estuviera bien.
Tarde una semana en volver a la normalidad, a mi rutina laboral. Mis compañeros me recibieron con una sonrisa tímida y no me hicieron preguntas. Creo que mi cara macilenta y la mirada huidiza lo decían todo. Mario y yo nos comportábamos como si no hubiese sucedido nada aunque yo le rehuía y le hablaba lo justo. Volvió a tocarme, a poseerme, pero esta vez tomando las medidas de siempre. Y yo… me limitaba a permanecer quieta, ausente y agradeciendo que a él no le importara estar “haciendo el amor” con una muerta.
Una falta. No me acababa de bajar el período y recé para que aquello fuese consecuencia del disgusto y de mi estado de ansiedad. Pasados los días se sumaron otras señales: los olores de la comida me daban asco y empecé a sufrir mareos, nauseas … Una mañana pedí una hora en el trabajo y me fui a mi médica para que me hiciera un test de embarazo. La respuesta me la dio con una sonrisa de oreja a oreja:
—¡Enhorabuena, Raquel! Estás embarazada.
Lo sabía, pero aquellas palabras retumbaron en mi cabeza como un mazo golpeando una pared. Siempre había deseado ser madre pero aquel ser venía en el peor momento y no podía dejar de pensar en aquel asalto de Mario, en aquella noche. Mi futuro hijo o hija era fruto de una violación. No le dije lo que me sucedía a nadie: ni a mi familia, ni a mi marido… No sabía si continuar con el embarazo, si podría aceptar un hijo que me recordara para siempre el momento más doloroso de mi vida. No me parecía justo: ni para la criatura, ni para mí.
Recuerdo aquel día como si todo hubiera sucedido ayer. Era sábado y ya habían transcurrido dos semanas desde la noticia. Mario tenía una cena de empresa y yo me esforcé por disimular lo contenta que me ponía saber que esa noche no permaneciera a mi lado. Hubiera deseado que todos los días tuviera desayunos, cenas y comidas de empresa. Me sorprendí a mí mi misma sonriendo. Se fue temprano y yo me puse cómoda con un pijama calentito de franela y una fuente de palomitas frente al televisor. Me sentí como una niña traviesa y miré a hurtadillas mi vientre. Me asaltó un cosquilleo y un sentimiento casi olvidado de felicidad. Disfruté viendo una película de espías donde el protagonista era mi adorado Paul Newman, pero en el intento de ver otra, me quedé dormida.
Deseé que hubiese sido una pesadilla. Pero la mano que ahogó mi grito era real; el cuerpo de mi marido con los pantalones bajados sobre mí, era real; su aliento invadiendo el mío hediendo a alcohol, era real. Muy real. Laceró mis entrañas con rabia, castigándome por mi indiferencia, disfrutando con mi miedo. Lo vi en su sonrisa de desdén ante mis suplicas moviendo la cabeza de un lado a otro. Negando con gestos lo que mi voz no podía gritar. Cuando acabó se incorporó y se quedó mirándome mientras se subía los pantalones. Echó una risotada que me heló la sangre y me dijo.
—Límpiate esas lagrimitas y no te hagas la víctima. En el fondo sé que te gusta…
No sentí odio, ni rabia… Solo un vacío, una profunda tristeza al comprobar que no había esperanza para aquella relación por la que había entregado todo: mi familia, mis amigos, mi libertad. Sacudí mi cabeza en un intento de desechar el deseo de acabar allí mismo con todo. No. Lo que me quedaba de vida iba a ser mía. Mía y de aquel ser que llevaba dentro y que no tenía culpa alguna de nuestros errores. Me levanté y vi que la habitación estaba a oscuras. Él roncaba plácidamente. Me lavé para que no quedase ni un resquicio suyo en mi cuerpo más allá de su lograda semilla. Cogí algo de ropa del cuarto de la plancha y la metí en una bolsa de deporte. Me subí al altillo del armario y bajé una caja de zapatos. Allí guardaba unos ahorros que me servirían para ir tirando unos meses. Eché un último vistazo al que un día fue un deseo, un proyecto de hogar y me fui con el mayor sigilo posible.
Ahora, con el tiempo sonrío al recordar mi valentía. Aquellas primeras horas del comienzo en la estación de autobuses, sin destino, sin rumbo fijo. Escogí una ciudad grande, anónima, sin referentes ni familia que dieran pistas sobre mi paradero. Lo bastante grande para desaparecer, lo bastante pequeña para que no me engullera. Llamé a mis padres y a mis hermanas para que no se preocupasen y les hice ver que no había tenido otra opción. También llamé al trabajo y hablé con mi jefe. Prometió ayudarme a encontrar un empleo utilizando sus contactos y me rogó que acudiese a él si necesitaba informes. Me pasó con Soledad, mi compañera, y entre lágrimas también me brindó todo su apoyo. Ya podía respirar tranquila, empezar desde cero.
Sé que Mario me buscó como un loco. Qué fue a casa de mis padres y éstos tuvieron que llamar a la policía. Que juraba y perjuraba que me encontraría porque yo era “suya y de nadie más”. Y que si me veía con otro hombre me mataría. .No me encontró. Me arrebató la posibilidad de criar a mi hija en un entorno familiar de abuelos, tíos y primos, aunque pasado un tiempo prudencial les facilité mi paradero y mis padres y hermanos estuvieron en el momento de nacer Alicia. De vez en cuando se trasladaban a nuestro refugio para vernos a mí y la pequeña, la dulce niña del País de las Oscuras Realidades. El desarraigo es la prolongación del maltrato cuando consigues escapar de las garras de tu enemigo. Cuando sabes que él nunca aceptará que tu vida siga sin su sombra alargada. Y yo no quería que mi hija se criase con alguien así. Quizás hubiese sido un buen padre… No me quedé para comprobarlo.
Alicia seguía dormida. Plácida, feliz. Recordé cuando me preguntó con el entrecejo fruncido, un gesto muy suyo cuando algo le inquietaba, dónde estaba su papá. Yo esperaba dese hacía tiempo ese momento y ya tenía una respuesta preparada: Él se había ido al cielo porque cruzó la carretera sin mirar. ¡Qué ironía! Aquella mentira sirvió para zanjar el asunto y también para que mi hija se detuviera siempre, sin rechistar al borde de la acera. “¿Y papá me quería?” Otra mentira: le aseguré que sí, que le gustaba tenerla en sus brazos cuando ella era un bebe. “Y… ¿Por qué no hay ninguna foto de mi papá? Más mentiras…
—Porque a tu padre no le gustaba salir fotografiado. Era muy presumido y decía que salía muy mal—solté sin atreverme a mirarla a los ojos—La abuela debe tener alguna de la boda, (yo me había deshecho de todas en las que aparecía su imagen). La próxima vez que venga le pediremos que las traiga.
Esta mañana el teléfono me despertó. Era mi madre. Con voz entrecortada me dio una noticia que me liberó de un gran peso en forma de mentira: Mario había muerto en un accidente de coche. Iba completamente borracho y el vehículo se había salido de la carretera dando varias vueltas de campana. Al parecer se quedó dormido y no hubo más víctimas. Suspiré hondo como si hubiera estado reteniendo el aire durante años. Su muerte no me produjo dolor alguno. Hacía tiempo que estaba muerto para mí aunque siguiera acechando en mis sueños convirtiéndolos en pesadillas.
Una voz suave me arrancó de mis pensamientos.
—¡Mamá!—exclamó ofreciéndome sus bracitos.
—Buenos días, dormilona—le respondí refugiándome en ellos—. ¿Qué tal si hoy desayunamos en la cama?
Ella aplaudió con entusiasmo la idea. Me incorporé, y cuando iba a desaparecer por la puerta su voz mimosa me suplicó:
—Y después…cuéntame un cuento.
—¡Claro, mi amor!—sonreí— ¿Cuál quieres que te cuente?
—¡Mi favorito! —su cara se iluminó— Alicia en el País de las Maravillas.

Julia Navas Moreno

Cuéntame un cuento…

Sé que soy fuerte; granítica e indestructible. Sé que soy vulnerable; me asomo al universo y su belleza me hiere. Quiero volar sola pero me molestan las miradas. Desearía ser invisible y visitar los imperios forjados por los hombres: de una simplicidad aplastante, pero necesarios para diluir las monarquías femeninas densas y profundas como océanos de mercurio.
Quiero más. No quiero ser mujer; ni hombre…Quiero ser Libre.
Se sentó a los pies de su cama. Sintió unos deseos irrefrenables de acariciar su cara, su pelo desparramado por la almohada… Pero se reprimió. No quería arrancarla de su sueño; de su descanso plácido delatado en su rostro a través de un amago de sonrisa. Juntó sus manos en una inconsciente plegaria. Deseaba, rogaba que aquella sonrisa fácil nunca desapareciera convertida en una mueca de amargura y dolor, tal y como le había sucedido a ella; que nada ni—sobre todo—nadie, sometiera a esa personita que había traído al mundo pero que solo se pertenecía a sí misma o al dichoso destino. Daría lo que fuese por construir alrededor de Alicia una muralla inexpugnable a todo cazador. Sabía por su propia experiencia que como madre no podría protegerla siempre; que los consejos, las advertencias y todas las armas que le pudiera suministrar para defenderse serían inútiles ante un amor ciego, una relación en la que se entra con todas las esperanzas y la confianza hacia esa persona que se muestra como quiere ser vista. Pero no como es…
Así era yo: feliz, inocente… Ajena al sentimiento de posesión más allá del hecho de poseer todas las ilusiones inimaginables; entre ellas, enamorarme, mucho y a menudo, desde que tengo uso de razón. Era una romántica empedernida. Porque nunca podría haber imaginado que entre alguno de esos imberbes de pantalón corto, cabía la posibilidad de esconderse un futuro sádico, un diablo. Quizás un hombre seductor, de voz susurrante y gestos de caballero; no un trabajador en la sombra de la hipocresía y el engaño. “Pero…”—frase a posteriori, pronunciada demasiado tarde, cuando la máscara se cae de tanto usarla—“si parecía un chico muy educado y simpático…”
Sí, apareció un hidalgo a caballo arrasando al trote con total inquina y destreza todos los castillos construidos en los sueños de mi niñez. Y él me haría descubrir más tarde que el príncipe que se llevó a Cenicienta poniéndola a salvo de unas hermanastras envidiosas quizás acabó dándole peor vida. Y quizás La Bella Durmiente desearía no haber despertado si descubriera que aquel aguerrido cortador de espinos que se enfrentó sin pestañear a un temible dragón para llegar hasta ella y arrancarla de la siesta más aburrida, era un botarate que solo pensaba en tirarse a todas las doncellas de los alrededores y más allá.
Cuentos. Cuentos chinos que nos llenan la cabeza de pájaros. Que relatan el principio de la historia: el cortejo, donde todos mostramos lo mejor de nosotros, de ellos y ellas. También soy consciente de que a veces nosotras somos los verdugos. Pero ahora sé que el final es el principio. El “fin”, el “the end”, da comienzo a una vida de rutina y frustraciones compartidas llevadas, unas veces con estoicismo, otras amasando resentimiento a base de echar la culpa al otro. O… ¡fastidiar por puro sadismo! Ahora le diría a mi madre si pudiese volver a mi infancia o a mi pretendiente adulador:” ¡no me cuentes cuentos!”
“Mami, cuéntame un cuento…”. Y yo, ¡qué le iba a decir! Cómo demoler la ilusión de una niña; mostrarle la fealdad de las cosas, llenarla de ese resentimiento y ponerla a la defensiva cada vez que alguien se intentara acercar a ella. No tenía derecho a afear el mundo desde su niñez. Ella misma lo descubriría en sus propias carnes o en carnes ajenas. Y las historias se repetirían, una y otra vez..
Cómo me gustó aquel chico. La primera vez que lo vi fue atravesando la barra del bar donde acudíamos mis amigas y yo como fieles parroquianas a la iglesia. Hacíamos novillos para escuchar música. Nos sabíamos rebeldes y nos creíamos inexpugnables. Pura soberbia de adolescencia… Además de la cerveza, nos bebíamos la vida a grandes sorbos. Ahora me doy cuenta que, todas juntas debíamos de intimidar a los chicos que nos rondaban. Nos protegíamos unas a otras como poderosas guerreras de una tribu y hasta que no aparecí sola por allí, él no se atrevió a acercarse.
Hacer novillos en solitario fue una decisión premeditada. Me moría por conocerle y sabía que sus miradas solo se concentraban en mí. Pero debía librarme de ellas para darle una oportunidad al cazador. Mis amigas estaban al tanto de esa atracción y comenzaron a vigilar todos sus movimientos en cuanto traspasaba la puerta con sus brazos en jarra sujetando el casco de la moto y se situaba en la esquina de la barra No nos quitaba ojo desde su atalaya en el taburete. Fumaba un cigarrillo tras otro y se llevaba a la boca la pajita del cubata con parsimonia—de aquella no conocía esta palabra y yo lo llamaba chulería—.Recuerdo aquel día como si fuera hoy.
En la vida hay momentos cruciales, de esos que se visten de rojo como los domingos y festivos en el calendario, solo que no se pueden arrancar hoja a hoja. Quedan en tu piel y en tu alma y te empujan hacia un camino que nunca quisiste tomar.
Fue un lunes. Lunes lluvioso y anodino. Estaba en época de exámenes y debería haberme ido directamente de las clases a casa a estudiar, pero sabía que no serviría de nada sentarme frente al escritorio porque mi mente estaba ocupada pensando en Mario. El día anterior mi amiga Rosa le preguntó al camarero su nombre y en mis pensamientos su imagen se reforzó con la rúbrica de aquellas letras: M-a-r-i-o. Tomé la determinación de dar un rodeo y acercarme al bar, sintiéndome mezquina al desear que no estuviesen mis amigas y que él apareciera por allí. Intuía que la presencia de mis compañeras era una barrera que impedía que se acercase a mí.
Y ocurrió. Como tantas veces lo había recreado en mi mente, al fin nos quedamos solos—sin mis intimidatorias amigas—. Mario se apeó de su metálica montura, de aquel taburete giratorio, y se acercó a mí, amable y seductor. Me envolvió con sus halagos y más tarde con sus besos. Se convirtió en el eje de mi vida y todo lo demás quedó difuminado.
Afortunadamente ya estaba en el último año de administrativo y conseguí terminarlo con mucho esfuerzo. Mario requería mi presencia a tiempo completo. Yo me sentía halagada por aquella necesidad imperiosa de tenerme a su lado y poco a poco me fui alejando de mi círculo de amigos. Primero posponiendo encuentros con cualquier disculpa, más tarde, cuando alguien se atrevió a advertirme que esa actitud acaparadora de mi chico no era sana ni normal, me dije a mí misma que tenían envidia del amor que Mario sentía por mí y que no merecía la pena conservar amistades “tan egoístas y cicateras”.
Tenía que haberme dado cuenta de dónde me metía. Las señales eran inequívocas, tan evidentes…. Pero me empeñé en disfrazar aquellos pensamientos retrógrados de hombre cavernícola y pensé que sus celos eran producto de un amor sincero y sin medida.
El día que me entregue a él, que hicimos el amor, lo que tenía que haber sido un reposo de sensaciones y acercamiento acabó siendo un interrogatorio en toda regla:“ Dime: ¿con cuántos hombres te has acostado?”. Sus ojos estaban vacíos de ternura. “Me hubiera gustado ser el primero…” —se lamentaba.
En cada encuentro íntimo veía esos reproches en sus ojos. No gozaba de lo que teníamos, perdido en esa absurda y estéril obsesión. Más tarde, empezaron las imposiciones: “¿No crees que esa falda que llevas te queda demasiado corta…? Se te ve todo.” Acabé sacando el largo de todas mis faldas y vestidos para ahorrarme así aquellos reproches. Peldaño a peldaño claudiqué de mí misma. Me disfracé de un ser extraño, triste y… gris. Permanecía en silencio cuando estábamos con sus amigos, temerosa de su mirada acusadora, de que pensase que estaba coqueteando o, lo que era peor: “provocando”.
Acabé convirtiéndome en una pequeña extremidad de Mario; ni siquiera una costilla, como nos enseñaron en el catecismo. Solo era un resquicio en forma de trofeo guardado a buen recaudo en una vitrina de cristales ahumados. Escondida y disfrutada solo por sus ojos. Mi único vínculo social era el contacto con mi familia y mi trabajo.
Con mis padres el alejamiento fue inevitable desde el día que nos casamos. A ellos nunca les gustó mi pareja. Era evidente que las llamadas de mis amigos se fueron espaciando y que mi mundo se vio reducido en torno a Mario y mi madre me preguntaba qué era de fulanita o menganita, a lo que yo respondía con evasivas poco convincentes. A él tampoco le agradaba mi familia. Nunca se esforzó por integrarse y cuando me iba a buscar a casa solía esperarme en el portal. Creo que sus celos se prolongaban también en mis lazos familiares y que solo me quería para él. Cuando anuncié que queríamos casarnos mis padres me rogaron que esperase un poco más, pero viendo que mi decisión era firme y que con apoyo o sin él iba a seguir con mi decisión, se limitaron a recordarme que ellos siempre estarían ahí, apoyándome como siempre lo habían hecho. Mis hermanas no ahorraron palabras para convencerme que aquel matrimonio me haría una pobre desgraciada y todo ello sacó la poca rebeldía que me quedaba y me refugié aún más bajo la sombra del que, contra viento y marea, se convirtió en mi marido.
La boda fue un desfile de caras largas, incluida la de mi flamante marido, que me lanzaba miradas de asesino cada vez que alguien me sacaba a bailar. Mis suegros estaban contentos de ver casado a su hijo. Lo habían tenido ya mayores y tenían miedo de no llegar a ver tan ansiada ceremonia.
Sólo gané una batalla a la guerra silenciosa de Mario. Al acabar mis estudios de administrativo y tras realizar unos meses de prácticas en una inmobiliaria, encontré trabajo en una correduría de seguros. Me gustaba mi trabajo y tenía muy claro que no quería pasarme la vida en casa, realizado siempre las mismas e ingratas tareas. Además, con el dinero que sacamos de nuestra boda y nuestros sueldos, nos pudimos permitir dejar el piso de alquiler en el que pasábamos la mayoría de nuestro tiempo y comprar uno en uno de esos barrios residenciales anodinos y aburridos, sin escaparates, ni bares bulliciosos ni parques abarrotados de niños.
A Mario le caían mal todos mis compañeros de trabajo. Peor los hombres que las mujeres. Al principio, algún día me quedaba a la salida de la oficina a tomar un café y charlar de otras cosas que no fueran asuntos laborales. Me llevaba bien con ellos y el ambiente era relajado y de camaradería. Y digo “al principio” porque aquello duró lo que tardó mi carcelero en enterarse.
Se lo oculté diciéndole que llegaba más tarde de lo habitual porque se había complicado la jornada y me había tenido que quedar. Siempre respondía lo mismo:
—Supongo que te pagarán el tiempo que me roban de tu presencia…
Afortunadamente Mario delegaba en mí en todo lo referente a los asuntos del banco. O eso creía yo… La desconfianza entre nosotros crecía a pasos agigantados: él por sus infundados celos y yo porque me sentía cada vez más controlada.
Aquellas inocentes escapadas llegaron a su fin. Es día lo recuerdo ahora con rabia, un sentimiento que primero fue de humillación y vergüenza. Charlábamos animadamente en la cafetería y yo estaba de espaldas a la puerta de la entrada. De repente vi a Soledad y Mateo levantar la mirada y antes de que me diera la vuelta para ver qué les había desviado de la conversación oí una voz conocida en todos sus matices de ironía e ira contenida.
—Hola, Mario—exclamó Mateo levantándose y ofreciéndole la mano.
Mi marido no se molestó en devolverle el saludo.
—Ahora entiendo por qué llegas a casa tan cansada: estas horas extras deben ser agotadoras.
Mi cuerpo se agarrotó. No me atreví a girarme; aquellos segundos que tardé en hacerlo me parecieron una eternidad. Y en medio del incómodo silencio y las miradas de mis compañeros, me sentí como una niña pequeña a punto de recibir una severa reprimenda. Derrotada y cabizbaja me levanté.
—Siéntate con nosotros, hoy es mi cumpleaños y estábamos celebrándolo aquí, de tertulia…—mintió Soledad.
Me puso el brazo sobre mis hombros y sentí su garra, sus uñas clavándose en mi piel a la vez que su sonrisa mostraba sus dientes blancos, apretados.
—Bueno—suspiró— sí ella quiere quedarse…
Mi cabeza se movió de un lado a otro y me dejé llevar como un pelele, sin voluntad ni voz para despedirme. Nos metimos en el coche y regresamos a casa en silencio, un silencio premonitorio de reproches y advertencias que pesaba como una losa.
Estaba cansada, el sudor que me invadió presa de los nervios, del miedo, se había agriado y me sentía incómoda y sucia. Me encaminé directa al cuarto de baño pero el volvió a asirme del brazo y me obligó a sentarme en el sofá.
—A ver…bonita. ¿No crees que me debes una explicación?—masculló sentándose a mi lado.
—Me gustaría darme una ducha. Yo…
—Tú me vas a contar qué hacías divirtiéndote con tus amiguitos mientras yo te creía trabajando.
—No me divertía, solo…
—Solo que es mejor engañar a tu marido y reírte de él a sus espaldas.
—No digas eso…
—¡Cómo has cambiado, Raquel. Antes te bastaba estar conmigo para ser feliz.
—Creo que no hago ningún mal haciendo un poco de vida social con mis compañeros de trabajo. Si no te he dicho nada es porque sé que a ti no te gustaría…
—¡Oh, sí!—lanzó una carcajada—¡Claro que me gusta! Me encanta ver cómo me pones en ridículo delante de esos memos engreídos. Me vuelve loco de alegría comprobar que te ríes más con ellos en un minuto que conmigo en todo el día…Pues ya sabes, si no te lo pasas bien en tu casita, coges la puerta y te largas.
Sonreí amargamente para mis adentros. Coger la puerta, sin más… Desaparecer y recuperar mi vida y mi alegría. Eso debería haber hecho; sin equipaje, sudorosa y sucia. Levantarme de aquel sofá y salir corriendo escaleras abajo sin ni siquiera detenerme a esperar al ascensor. Pero no, no tuve valor porque sentí que era difícil desandar tanto camino; porque creí que aún quedaba algo por salvar de nuestra relación; porque utilicé mal el poco orgullo que me quedaba y lo desvié y malgasté hacia personas que no me iban a pedir cuentas por haberme alejado de todo aquello que me hubiera regalado una vida más feliz o, por lo menos, más tranquila…
Se levantó y se marchó dando un portazo. Él no tenía que dar explicaciones a nadie de dónde iba o venía. No había renunciado a sus salidas nocturnas ni tampoco dejó de quedar con sus amigos todas las semanas para ver los partidos de fútbol. Cuando tocaba reunirse en nuestra casa yo tenía que limitarme a servirles y luego permanecer en mi cuarto o en la cocina, al principio enfadada, con ganas de echarlos a todos a patadas. Luego, resignada preguntándome si la situación sería la misma con sus mujeres…
Yo seguí sentada en el sofá. La tan deseada ducha ya no era mi prioridad. En ese momento sólo quería desaparecer, huir lejos de todo y de todos. Pero me limité a sonreír con amargura: ni siquiera era capaz de levantarme. Me recosté y me quedé dormida.
Me desperté sobresaltada. Un estruendoso ruido me arrancó de un sueño plácido en el que me hubiera gustado permanecer: corría por la playa con mis hermanas y nuestras risas se confundían con el rugir de las olas mientras mis padres nos llamaban para que fuésemos a por los bocadillos. Me levanté con el corazón desbocado y me asomé a la ventana. El camión de la basura estaba engullendo las bolsas de los contenedores a su hora acostumbrada: las dos de la madrugada. Me dirigí a la habitación sigilosamente. No quería despertar a mi marido. Deseaba con todas mis fuerzas volver a dormirme y continuar dando brincos sobre la arena mojada. Nuestra alcoba estaba vacía y la cama seguía tal y como la había dejado por la mañana. Me alegré de no verlo allí, me dio igual lo que estuviese haciendo y eso provocó una punzada de dolor dentro de mí. Pensé que mi amor se estaba petrificando, diluyéndose en un mar de desilusiones y resentimiento. Duele no sentirse amado pero también es doloroso dejar de amar. Vaciarse… Ahora si necesitaba una ducha. Me metí en la bañera y dejé que el chorro de agua caliente discurriese por toda mi piel relajándola, arrastrando el sudor agrio y molesto.
Me arrebujé en la cama y lancé un suspiro antes de darle al interruptor de la lamparilla. Me estaba entregando de nuevo a los brazos de Morfeo cuando el ruido de unas llaves introduciéndose en la cerradura me llenó de inquietud. Apreté los ojos con fuerza y me hice la dormida. Al poco sentí el “click” de su lamparilla y casi dejé de respirar. Oí el ruido de la ropa cayendo al suelo y sentí la cama hundirse bajo el cuerpo de mi marido. Entorné los ojos y vi que la luz seguía encendida. Emitió un gruñido y unos segundos después su aliento calentaba mi nuca. Apestaba a alcohol y a tabaco. Me cogió de la cintura y me giró bruscamente dejándome bocarriba. Yo seguía sin abrir los ojos, aferrada a las sábanas como si éstas fueran un muro defensivo, pétreo. Pero el muro se desmoronó cuando él tiró hacia abajo con furia del lienzo y mis ojos se abrieron como un resorte.
—No…—acerté a decir con un hilo de voz.
—Quizás preferirías que fuera uno de tus amiguitos el que quisiera jugar contigo.
Me miró con furia, desafiante mientras levantaba mi camisón hacia arriba y se ponía encima de mí.
—Por favor—le supliqué—. No quiero…
Instintivamente apreté las piernas y me abracé en un ingenuo intento de protegerme. Adiviné que no servirían de nada mis súplicas. No era un acto de amor, ni siquiera de desahogo, sino de posesión. Aquello fue un asalto para demostrar quién mandaba, un castigo por mi insurrección y mi inocente mentira. Yo no podía tomar la píldora porque me daba unos terribles dolores de cabeza así que usábamos preservativo para evitar quedarme embarazada. No abrió el cajón donde solíamos guardarlos. Sin dejar de mirarme con furia me abrió las piernas bruscamente y entró en mí llenándome de dolor, de humillación y de una desoladora tristeza.
Cuando por fin me dormí, mi pelo y la almohada estaban empapados de lágrimas y ya había amanecido. No oí a Mario levantarse y cuando desperté tardé en girarme para comprobar si seguía a mi lado. Ninguna respiración salvo la mía, así que, finalmente me incorporé. Estaba sola en mi habitación, en mi casa, en mi vida… Me levanté de la cama como una autómata y me metí en la bañera por segunda vez en pocas horas. El agua volvió a correr sobre mi piel mientras me frotaba con saña para arrancar esa suciedad invisible adherida hasta enrojercer, herirme. Y volví a llorar. Pero esta vez mi llanto no era silencioso, sino que irrumpió en gemidos sincopados acompañados de “noes” como si con ello lograra alejar de mí lo vivido esa noche.
A la mañana siguiente no acudí a la oficina. El sonido del teléfono me arrancó de aquel acto de constricción. Cogí la toalla y me envolví con ella corriendo para descolgarlo. Como había intuido, me llamaban desde el trabajo preocupados por mi ausencia. Era muy extraño que faltase y menos sin avisar. Me disculpé con lo primero que se me vino a la cabeza: una inoportuna gastroenteritis me había dejado postrada en la cama. Sé que María no me creyó, que mis compañeros le habrían contado la escena de ayer y que al no verme a primera hora aparecer por la puerta de la oficina se habían imaginado que aquello había tenido desagradables consecuencias. Me deseó una pronta mejoría y me dijo que no regresara hasta que estuviera bien.
Tarde una semana en volver a la normalidad, a mi rutina laboral. Mis compañeros me recibieron con una sonrisa tímida y no me hicieron preguntas. Creo que mi cara macilenta y la mirada huidiza lo decían todo. Mario y yo nos comportábamos como si no hubiese sucedido nada aunque yo le rehuía y le hablaba lo justo. Volvió a tocarme, a poseerme, pero esta vez tomando las medidas de siempre. Y yo… me limitaba a permanecer quieta, ausente y agradeciendo que a él no le importara estar “haciendo el amor” con una muerta.
Una falta. No me acababa de bajar el período y recé para que aquello fuese consecuencia del disgusto y de mi estado de ansiedad. Pasados los días se sumaron otras señales: los olores de la comida me daban asco y empecé a sufrir mareos, nauseas … Una mañana pedí una hora en el trabajo y me fui a mi médica para que me hiciera un test de embarazo. La respuesta me la dio con una sonrisa de oreja a oreja:
—¡Enhorabuena, Raquel! Estás embarazada.
Lo sabía, pero aquellas palabras retumbaron en mi cabeza como un mazo golpeando una pared. Siempre había deseado ser madre pero aquel ser venía en el peor momento y no podía dejar de pensar en aquel asalto de Mario, en aquella noche. Mi futuro hijo o hija era fruto de una violación. No le dije lo que me sucedía a nadie: ni a mi familia, ni a mi marido… No sabía si continuar con el embarazo, si podría aceptar un hijo que me recordara para siempre el momento más doloroso de mi vida. No me parecía justo: ni para la criatura, ni para mí.
Recuerdo aquel día como si todo hubiera sucedido ayer. Era sábado y ya habían transcurrido dos semanas desde la noticia. Mario tenía una cena de empresa y yo me esforcé por disimular lo contenta que me ponía saber que esa noche no permaneciera a mi lado. Hubiera deseado que todos los días tuviera desayunos, cenas y comidas de empresa. Me sorprendí a mí mi misma sonriendo. Se fue temprano y yo me puse cómoda con un pijama calentito de franela y una fuente de palomitas frente al televisor. Me sentí como una niña traviesa y miré a hurtadillas mi vientre. Me asaltó un cosquilleo y un sentimiento casi olvidado de felicidad. Disfruté viendo una película de espías donde el protagonista era mi adorado Paul Newman, pero en el intento de ver otra, me quedé dormida.
Deseé que hubiese sido una pesadilla. Pero la mano que ahogó mi grito era real; el cuerpo de mi marido con los pantalones bajados sobre mí, era real; su aliento invadiendo el mío hediendo a alcohol, era real. Muy real. Laceró mis entrañas con rabia, castigándome por mi indiferencia, disfrutando con mi miedo. Lo vi en su sonrisa de desdén ante mis suplicas moviendo la cabeza de un lado a otro. Negando con gestos lo que mi voz no podía gritar. Cuando acabó se incorporó y se quedó mirándome mientras se subía los pantalones. Echó una risotada que me heló la sangre y me dijo.
—Límpiate esas lagrimitas y no te hagas la víctima. En el fondo sé que te gusta…
No sentí odio, ni rabia… Solo un vacío, una profunda tristeza al comprobar que no había esperanza para aquella relación por la que había entregado todo: mi familia, mis amigos, mi libertad. Sacudí mi cabeza en un intento de desechar el deseo de acabar allí mismo con todo. No. Lo que me quedaba de vida iba a ser mía. Mía y de aquel ser que llevaba dentro y que no tenía culpa alguna de nuestros errores. Me levanté y vi que la habitación estaba a oscuras. Él roncaba plácidamente. Me lavé para que no quedase ni un resquicio suyo en mi cuerpo más allá de su lograda semilla. Cogí algo de ropa del cuarto de la plancha y la metí en una bolsa de deporte. Me subí al altillo del armario y bajé una caja de zapatos. Allí guardaba unos ahorros que me servirían para ir tirando unos meses. Eché un último vistazo al que un día fue un deseo, un proyecto de hogar y me fui con el mayor sigilo posible.
Ahora, con el tiempo sonrío al recordar mi valentía. Aquellas primeras horas del comienzo en la estación de autobuses, sin destino, sin rumbo fijo. Escogí una ciudad grande, anónima, sin referentes ni familia que dieran pistas sobre mi paradero. Lo bastante grande para desaparecer, lo bastante pequeña para que no me engullera. Llamé a mis padres y a mis hermanas para que no se preocupasen y les hice ver que no había tenido otra opción. También llamé al trabajo y hablé con mi jefe. Prometió ayudarme a encontrar un empleo utilizando sus contactos y me rogó que acudiese a él si necesitaba informes. Me pasó con Soledad, mi compañera, y entre lágrimas también me brindó todo su apoyo. Ya podía respirar tranquila, empezar desde cero.
Sé que Mario me buscó como un loco. Qué fue a casa de mis padres y éstos tuvieron que llamar a la policía. Que juraba y perjuraba que me encontraría porque yo era “suya y de nadie más”. Y que si me veía con otro hombre me mataría. .No me encontró. Me arrebató la posibilidad de criar a mi hija en un entorno familiar de abuelos, tíos y primos, aunque pasado un tiempo prudencial les facilité mi paradero y mis padres y hermanos estuvieron en el momento de nacer Alicia. De vez en cuando se trasladaban a nuestro refugio para vernos a mí y la pequeña, la dulce niña del País de las Oscuras Realidades. El desarraigo es la prolongación del maltrato cuando consigues escapar de las garras de tu enemigo. Cuando sabes que él nunca aceptará que tu vida siga sin su sombra alargada. Y yo no quería que mi hija se criase con alguien así. Quizás hubiese sido un buen padre… No me quedé para comprobarlo.
Alicia seguía dormida. Plácida, feliz. Recordé cuando me preguntó con el entrecejo fruncido, un gesto muy suyo cuando algo le inquietaba, dónde estaba su papá. Yo esperaba dese hacía tiempo ese momento y ya tenía una respuesta preparada: Él se había ido al cielo porque cruzó la carretera sin mirar. ¡Qué ironía! Aquella mentira sirvió para zanjar el asunto y también para que mi hija se detuviera siempre, sin rechistar al borde de la acera. “¿Y papá me quería?” Otra mentira: le aseguré que sí, que le gustaba tenerla en sus brazos cuando ella era un bebe. “Y… ¿Por qué no hay ninguna foto de mi papá? Más mentiras…
—Porque a tu padre no le gustaba salir fotografiado. Era muy presumido y decía que salía muy mal—solté sin atreverme a mirarla a los ojos—La abuela debe tener alguna de la boda, (yo me había deshecho de todas en las que aparecía su imagen). La próxima vez que venga le pediremos que las traiga.
Esta mañana el teléfono me despertó. Era mi madre. Con voz entrecortada me dio una noticia que me liberó de un gran peso en forma de mentira: Mario había muerto en un accidente de coche. Iba completamente borracho y el vehículo se había salido de la carretera dando varias vueltas de campana. Al parecer se quedó dormido y no hubo más víctimas. Suspiré hondo como si hubiera estado reteniendo el aire durante años. Su muerte no me produjo dolor alguno. Hacía tiempo que estaba muerto para mí aunque siguiera acechando en mis sueños convirtiéndolos en pesadillas.
Una voz suave me arrancó de mis pensamientos.
—¡Mamá!—exclamó ofreciéndome sus bracitos.
—Buenos días, dormilona—le respondí refugiándome en ellos—. ¿Qué tal si hoy desayunamos en la cama?
Ella aplaudió con entusiasmo la idea. Me incorporé, y cuando iba a desaparecer por la puerta su voz mimosa me suplicó:
—Y después…cuéntame un cuento.
—¡Claro, mi amor!—sonreí— ¿Cuál quieres que te cuente?
—¡Mi favorito! —su cara se iluminó— Alicia en el País de las Maravillas.

Julia Navas Moreno

http://www.naciodigital.cat/latorredelpalau/generapdf.php?id=37361

Anuncios