Bessie Smith, la emperatriz del blues

 

Bessie Smith, la Emperatriz del Blues

 

Para vosotros, que me negasteis el auxilio, que tuvisteis en vuestras manos blancas el poder de decidir entre mi vida y mi muerte, solo quedará el olvido. Os aseguro que aún tenía mucho que dar a través de mi garganta, ese juguete  que modulaba a mi antojo, sin  esfuerzo, mientras mi voz susurraba “con una dicción perfecta y una afinación extraordinaria”. Palabras de expertos que me encumbraron como la Emperatriz del blues.
Yo era una negrita más de Chattanooga nacida en tiempos de libertad engañosa, sin grilletes, pero sin capacidad de elección. La segregación racial siguió a la esclavitud y muchos abandonaron las plantaciones hacia las ciudades  del Norte, pero nuestro paraíso  tenía un nombre: guetto.

 

El blues  es el canto de la supervivencia; nacemos con la obligación de defender la legitimidad de algo dado a través de nuestros padres: el roce de sus pieles negras dieron lugar al color chocolate de las nuestras; cada palmo de tierra lo hemos conseguido con el sudor multiplicado por cien, brotando el quejido más hermoso que nadie hubiera podido imaginar.
Me quedé huérfana demasiado pronto; mi tía  tuvo que encargarse de mí y de los hermanos que lograron sobrevivir. Demasiadas bocas para alimentar, así que, acompañada por mi hermano debutamos en las calles con un repertorio  variado. No nos fue nada mal;  me contrataron para un pequeño espectáculo que me llevó a otro de más categoría: la compañía de Moisés Stokes, donde cantaba alguien que me enseñó mucho en la vida: Ma Rayne, la mamá del blues y, también, mi madre artística. Ella le dio a este ritmo el escenario para desplegar todo el repertorio que se perdía sin remisión en los campos de algodón y en las tabernas de mala muerte. Nadie gritó como ella “¡Hey Boweevill!“. Toda una profesional  con fama de astuta. ¿Quién se hubiera atrevido a poner en duda su autoridad, con esa presencia gigantesca y rotunda? Me curtí como cantante de vodevil y  fui a Filadelfia con una maleta llena de vestidos bonitos e ilusiones y allí conocí al que se convertiría en mi marido,Jack, el mismo año que un representante de Columbia Records  me consiguió un contrato gracias a la influencia de uno de los mejores pianistas que he conocido: Clarence Williams. “Blues Downhearted” me encumbró a la fama y conseguí vender más de ochocientas mil copias.
Tuve a mi disposición a los mejores músicos: Louis Armstrong se cruzó en mi camino; él, que pasó de no saber leer una partitura de música a ser uno de los mejores trompetistas.  Charlie Green me arropó con su trombón; Chu Berry , el saxofonista que dejaba a todos boquiabiertos… Mi voz nunca estuvo desnuda: la arroparon los más grandes; mis bolsillos rebosaban dólares, pero yo me sentía sola sin mi botella de Whisky y un hombre o  una mujer que calentara mi lecho. Jack ya no estaba a mi lado y me servía cualquiera que no tuviera una mala palabra o un reproche ante mis desmedidas ganas de sexo

Esos fueron los tiempos que me coronaron como la inefable Emperatriz del Blues y procuré, por los míos, llevar el título lo más alto que me dejaron, porque todavía muchas puertas permanecían cerradas para mí y los míos. Y Tuve que contener mi rabia y ocupar mi sitio de negra.

Adquirí un vagón de ferrocarril para mí y para mis músicos, donde viajábamos y dormíamos en las estaciones mientras esperábamos para reengancharnos listos a otro destino.
Cuando estás arriba sabes que no te puedes quedar eternamente  sin pagar un alto precio.  Si no te vas tú, alguien te acabará echando a patadas.

La patada que vapuleó mi trasero hacia el abismo me la dio la Gran Depresión. Ella arrastró a medio mundo y yo no iba a ser la que me librara a pesar de mi ostentoso título de emperatriz. Los contratos cesaron y tuvimos que bajar nuestro caché y conformarnos con tocar en tugurios de mala muerte, donde solo había borrachos a los que mi voz les importaba un bledo. Mi fama de alcohólica y buscadora de sexo me precedió por encima de mis éxitos y los clientes solo me pedían temas de letras ardientes.

1933 fue el año de la resurrección. El productor John Hammond me rescató del olvido y me ofreció la oportunidad de grabar con la orquesta de Benny Goodman. Para recuperar mi estrella no me importó dejarme llevar por las veleidades de un nuevo ritmo: el swing. La gente había sufrido  demasiado y ansiaban vitalidad y alegría. Y yo podía dárselas. Como el tren que arranca  perezoso pero movido por el empeño de la locomotora, la música tiró y tiró de mí; todo se encauzó discurriendo por los raíles de la vida, cada vez con más ritmo, con menos cuestas y paradas…Pero mi destino no era reinar hasta que la vejez me arrancara de los escenarios y contra eso, ni aunque mi piel se hubiera vuelto blanca, habría podido luchar.

Lo recuerdo como si hubiese sido ayer; todavía siento el dolor fantasma de mi brazo  y mis costillas rotas. Fue una buena noche, con un público entregado. Habíamos bebido demasiado, como siempre, pero Richard estaba acostumbrado a conducir en aquellas condiciones. La carretera era una era una sucesión de curvas, mal iluminada.  Y a él le gustaba pisar a fondo el acelerador.

Me tambaleaba  de un lado a otro cayendo sobre su regazo entre arrumacos y risas. De repente, un estallido ensordecedor, una fuerza que me zarandeó como a un pelele. Sentí el calor de la sangre y su sabor herrumbroso en mi boca. Oí voces pidiendo auxilio.

Perdí la consciencia y no volví a recuperarla hasta que divisé la tumba anónima que acogería mis maltrechos huesos. No sé si fallecí en el acto, o poco a poco desangrada, vagando de hospital en hospital, esperando la clemencia de los blancos. Unos y otros contaron la historia en su beneficio e interés. No me importa que me utilizaran si eso ayudó a suavizar el desprecio hacia los míos. Yo me fui para quedarme y ni la tristeza de una tumba sin nombre hizo que el olvido se cebara conmigo. Ya no importaba el color de la piel, solo los oídos que captaban lo que mi música quería decir. Me enterneció aquella chica blanca que buscaba la negritud desesperadamente; que se vio rebasada por el torrente incontenido de su fuerza y de la soledad de los que nunca estamos satisfechos. Ella lideró una campaña para que mi tumba luciera mi nombre.  Janis Joplin, creo que se llamaba…
Y aquí sigo: en el cielo, en el infierno, en los surcos de los discos o en las ondas de la radio con mis compañeras y compañeros de fatiga: Billie Holyday, Big Mama Thornton, Etta James, Muddy Waters, Slim Harpo, el bueno de Johnny Copeland… Yo les llevo ventaja en esta especie de limbo, resignada, porque, gracias a vosotros, los tocados por la gracia del Blues, permanecemos  vivos para vuestros oídos y vuestro corazón.

 

Julia Navas Moreno

 

 

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3 comentarios en “Bessie Smith, la emperatriz del blues

  1. Mi más sincera enhorabuena Julia, ya despuntabas como una gran escritora el el año 81 cuando compartíamos aula en el entonces llamado Instituto Femenino, nos reencontramos de nuevo en el Mixto de la Magdalena. Ha sido una casualidad ver tu foto y saborear un trocito de tu Dorian. Te deseo lo mejor.
    Guadalupe Ordóñez Tello

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  2. ¡Qué sorpresa más grata, Guadalupe! Pues desde el 83 hasta hace tres que no volví a escribir… Una pena, pero supongo que tenía que ser así. Ahora, cogiendo carrerilla con todas las ganas y la ilusión y haciendo camino. ¡Gracias! Espero que nos veamos alguna vez y poder darte un abrazo.

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